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domingo, mayo 01, 2011

Love exposure

Enfrentarse a Love exposure es tratar de navegar por un caudal rebosante de agua. Y sin duda alguna, uno de sus afluentes principales es el exceso. Ya desde su hiperbolizado metraje de 237 minutos para una película que se dirige a un público joven, se nos presenta un largometraje-cóctel, que combina sin pudor alguno y con un sentido del humor muy desvergonzado, elementos como: fetichismo, religión, sexo, acción, humor, melodrama, gore, amor, etc.

Con una primera hora fascinante (el capítulo previo al cartel de la película), la mejor virtud del largometraje es la ausencia de conflictos en la combinación de diferentes materiales, tonos y texturas formales, sin solución de contigüidad. Todo transcurre con una inusual normalidad. Y donde no existen jerarquías. ¡Oh!, el intelectual en la torre de marfil puede verse sobresaltado cuando se mezclan citas bíblicas extensas con erecciones desproporcionadas, o braguitas con el Bolero de Ravel. Todo en el mismo contenedor.

Es, sin duda, un film con una clara naturaleza alucinatoria y que centra sus esfuerzos en articular un discurso, en clave festiva, en un primer tramo para pasar a una escala más solemne y dramática, sobre cómo la religión manifiesta la insuficiencia de la razón en la lucha del hombre por sostenerse en el mundo. Y los peligros que de ello se derivan en este panteísmo contemporáneo, en el que, una vez que la religión católica  ha perdido su hegemonía, la desorientación del sujeto y su todavía necesaria voluntad de trascendencia, le convierte en una presa fácil de sectas como la que se despliega narrativamente en la segunda mitad del largometraje, la Iglesia Cero[1].

En este misticismo también se construye un romanticismo que juega con la ambigüedad esquiva de la imagen. Es decir, Sion Sono construye un amor que navega en las ideas, por tanto, nada físico. Yu (Takahiro Nishijima), en un claro complejo de Edipo nada disimulado, mediante la imagen icónica de la Virgen María, se enamora perdidamente de Yoko (Hikari Mitsushima), creyendo encontrar en ella, esa imagen pura de mujer que ha construido desde su infancia. Yoko se enamora de Sasori (Yu travestido) en los mismos términos. Fruto de su desprecio a los hombres y bajo el paraguas de su concepción platónica del amor. En el que entiende que el amado debe venir al rescate.

Vayamos por partes. Que ese amor se traduzca en instantáneas erecciones en el caso de Yu o que en el caso de Yoko le haga dudar de su identidad sexual, no vincula este sentimentalismo al aspecto terrenal del cuerpo. Al contrario, sigue inalterable la coherencia. Ya que, en el caso de Yu, es evidente la actitud gamberra y provocativa (un tanto naïf e inocente, todo hay que decirlo), de relacionar iconos religiosos con erecciones. Con ello, haciendo uso del sarcasmo, desacraliza el aspecto católico, a la vez que le pierde el respeto. Digamos que lo baja al mismo terreno pop en el que enclava su film.  Además, esa irreverencia le permite relacionar su film con el manga y anime, en cuanto se sirve de un guiño típicamente explotado en un género del anime. Pero no solo eso. Toda la parte sexual del film, con un claro sentido infantilizado, bebe directamente del echi. Laura Montero[2] nos dice que es un género para adolescentes masculinos entre trece y dieciocho años, que se centra en el despertar sexual de los protagonistas. Nos sigue diciendo que: echi vendría a significar picante o subido de tono (...) presenta por lo general a un adolescente atolondrado y no muy avezado en las relaciones con el sexo opuesto que aspira a tener una relación amorosa y sexual.

El enredo sexual, que es algo consustancial a dicha formalización, también está presente en Love exposure. Lo cual nos confirma que estamos ante un largometraje echi en carne y hueso. Una vez más, en el abordaje al cine nipón reciente, el contexto permite que deduzcamos el sentido.

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sábado, noviembre 27, 2010

Airbender, el último guerrero

 En el amplio contenedor del fantástico, al recorrer sus extensas latitudes,  el cine de Shyamalan se mueve como un pez atípico, pero nunca sin salirse totalmente del banco de los grandes arenques hollywoodienses.  El favor que ha gozado de la industria desde el El sexto sentido (The sixth sense, 1999) no siempre se ha traducido en un perfecto maridaje entre cineasta, crítica y público. Podríamos considerar que dicha comunión empieza a resquebrajarse a partir de El bosque (The Village, 2004), momento en el que, de forma notoria, la crítica empieza a torpedear sus propuestas, a lo que se suma también una incomprensión notable de un elevado sector de público.

 Y así llegamos a Airbender, el último guerrero, donde vuelve a darse la tónica habitual en la recepción dispensada a su cine. Este pececillo cronista que en muchas ocasiones navega a contracorriente, así había izado la vela con su obra. Con gesto henchido siempre me he alzado en un defensor a ultranza. Su cuidada puesta en escena, el uso del elemento fantástico como parábola, no siempre bien entendida, para articular grandes problemáticas de la existencia humana, su cadencia en las antípodas del ritmo hiperrevolucionado de las grandes producciones hollywoodienses, la forma  excelente de manejar la tensión, su elogiable construcción de un intimismo por encima del efectismo fácil, valores muy estimables para el que esto escribe.

Pero desgraciadamente, y es algo que lamento, Airbender, el último guerrero no es una película que me sirva  para enaltecer su figura. Más bien al contrario. Descubro atónito, errores de bulto ( el joven actor que encarna a Aang se desenvuelve bien realizando artes marciales pero todo al contrario cuando se le exige interpretar); precipitaciones en el ritmo (algunas escenas breves de acción parecen insertadas a posteriori, como si se hubiesen rodado después de pasar el film por esos nefastos screening tests).  También encontraremos situaciones forzadas (valga como ejemplo la historia de amor entre la princesa Yue y Sokka) y para rematarlo, padeceremos un efectismo en la espectacularidad (la abusiva cámara ralentizada), que no es propia del realizador. Si nunca, desde el El sexto sentido me he encontrado ante tal coyuntura, ¿qué demonios le ha pasado en ésta, para que su película parezca realizada por un mediocre realizador que se apunta al carro de las películas épicas de corte infantil? ¿Jugamos al Juego de Hollywood? En el Hollywood que tan descarnadamente Robert Altman retrató, Airbender, el último guerrero es como Las crónicas de Narnia con esquema de videojuego de rol, al estilo de Final Fantasy X[1].
 

domingo, septiembre 05, 2010

Crows Zero Parte II


Takashi Miike en su segunda realización en el 2009 y presentada también en Sitges, acomete la secuela de Crows Zero (2007), vista en la edición del año pasado en Sitges. Adaptación de un anime exitoso en Japón, recoge la larga tradición fílmica de enfrentamientos entre bandas juveniles iniciado en aquellos años 50, cuando películas de serie B o de bajo presupuesto explotaron el filón de la delincuencia juvenil como material fílmico para aquellas sesiones de drive-in.

Y en una edición en la que Walter Hill recoge el premio La máquina del temps, al ver las dos películas de Miike es inevitable que nos venga a la memoria aquella película de Walter Hill, Calles de fuego (Streets of fire, 1984), en la que dos bandas se enfrentaban en un ambiente algo futurista y al ritmo de música rock.

Al realizar la secuela, Miike se olvida de aquella máxima que debe suponer toda secuela: más y mejor. Contra todo pronóstico, aunque varíe la mínima anécdota argumental, las dos películas son casi clónicas en lo que se refiere a aspecto formal y armazón narrativo.

Si en Crows Zero, Genji (Shun Oguri), hijo de un líder de una organización criminal de yakuzas, se enfrentaba a los diversos grupos que poblaban el instituto Suzuran para alzarse como líder, en la segunda, nos salimos de Suzuran para que se enfrenten a la banda rival del instiuto Hosen.

Para ello, Miike realiza un ejercicio de vaciado argumental de la primera parte y una concentración argumental. Desaparece prácticamente la figura de los adultos allí ejemplificados por los yakuzas o la policía. Si en dos películas fundamentalmente masculinas, la presencia de la mujer es casi inexistente, aquí sólo se articula para dar pie al episodio humorístico (una variación que ya aparece en la anterior) y la aparición de Ruka Aizawa (Meisa Kuroki) ¿novia de Genji? es casi testimonial.

Porque estamos ante una película que supone una exaltación de la condición masculina manifestada a través de la violencia, en donde la pulsión sexual está eliminada de la ecuación. Solo lo veremos manifestado en Takashi Makise (Tsutomu Takahashi) y precisamente para formular humor a través de un comportamiento ridículo con su ineptitud en el tratamiento con las chicas.

Así pues, esta revalidación masculina que roza peligrosamente la zona de homosexualidad latente (Miike incluso se permite hacer una broma sobre esa apariencia de sus personajes) se presenta a través de la lucha. Decimos peligrosamente porque tal sugerencia invalidaría el presupuesto heroico, manifestado a través de la hombría de la que hacen gala sus personajes. No es casualidad que uno de los más claramente andróginos y, como mínimo ambiguos, Ryo Urushibara (Go Ayano), que recuerda peligrosamente a una especie de Michael Jackson nipón, resulte ser uno de los rivales más peligrosos por su sadismo y psicopatía. De la misma manera, Tatsuta Bito (Maruma Miura), que es el hermano del líder fallecido de la escuela Hosen, se mantiene fuera de la acción. No quiere implicarse. Sus facciones delicadas tampoco le ayudan mucho. No nos preocupemos. Él también acabará demostrando su virilidad en el desenlace. Así, Miike elimina cualquier posible sospecha sobre unos personajes, que quieren definirse como muy machos.

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viernes, agosto 27, 2010

Teniente corrupto

Clint Eastwood, en la lúcida Gran Torino (2008), en un ejercicio metalingüístico y autorreferencial, encarnaba a un trasunto de Harry el sucio envejecido y febril completamente desubicado en la sociedad pluricultural actual.

El teniente corrupto de Werner Herzog, como no podía ser menos, en el catálogo de seres desplazados, megalómanos y obstinados que conforman su larga filmografía, es un agente de policía totalmente fuera de lugar en una ciudad que lame sus heridas físicas y anímicas tras el huracán Katrina. También él encarna la descomposición crepuscular del héroe americano que se toma la justicia por su mano, pero desde un reverso sarcástico. No es casual que lleve consigo una magnum 44, arma icónica popularizada por el personaje mítico de Clint Eastwood, y en un momento del film comente: Un hombre sin arma no es un hombre.

Digo el teniente corrupto de Herzog aunque el director se adscribiese al proyecto con actor y guión cerrado y viniesen a buscarlo a él y no al revés. Pero el Terence McDonagh encarnado por el descantillado Nicholas Cage encaja como un guante en su cine y lleva consigo resonancias de aquellos personajes desquiciados y con un paso en la locura que encarnó Klaus Kinski bajo su dirección. Es un ejemplo de cómo un autor puede hacer suyos proyectos de encargo y vehicularlos bajo sus constantes y obsesiones cinematográficas. Algo que por ejemplo realiza con asiduidad Martin Scorsese. Llegados a este punto, es inevitable recurrir al Teniente Corrupto (Bad lieutenant, 1992) de Abel Ferrara, film precedente del que nos ocupa. Y si queremos articular nuestra crítica desde un factor comparativo entre ambos films, las diferencias son las que presidirían el escrito y las semejanzas pura anécdota.

En el largometraje de Ferrara la trama policial era mínima. En Herzog es un puro macguffin hitchconiano pero ocupa en el largometraje (demasiados) minutos. ¿Posible condimento narrativo para hacer más digerible un relato, habida cuenta de la aspereza y turbación del film de Ferrara? Es posible, pero en ambos largometrajes existen líneas de fuga hacia el onirismo. Unas alucinaciones que disgregan la estructura argumental para plasmar la subjetividad embelesada de los tenientes en su sucumbir en paraísos artificiales. Y si Nicholas Cage considera atractivo un relato de drogas sin ellas, Ferrara se recrea en la exposición frontal y en el plano fijo del teniente cayendo en sus adicciones. Y es que el cariz de ambos viajes, a través de las puertas de la percepción, es de distinto signo. En Ferrara es un auténtico viaje a los infiernos en una ciudad del pecado, Nueva York. Una urbe mugrienta y nocturna, que en su visualización reverbera con fuerza la gran manzana del tándem Martin Scorsese & Paul Schrader. El fuste católico del film de Ferrara, en el que la culpa y la redención son los ejes vertebradores del film, define con meridiana claridad el signo de la obnubilación en la que cae el teniente.

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lunes, agosto 09, 2010

Acantilado rojo


Malos tiempos para la lírica cantaban Golpes bajos en plena movida madrileña. ¿Y para la épica? El cine que nos llega de China en los últimos años, aquel que cuenta con un aparato industrial potente, parece decirnos que sí es buen momento. Aunque sea un país en vías de modernización (con las tensiones que ello conlleva entre tradición y modernidad), cuya política no se caracteriza por conciliar adecuadamente con la libertad de expresión y, por extensión, con los derechos humanos.

Una película como Acantilado rojo con su elevado presupuesto no tiene nada que envidiar a las superproducciones de Hollywood. Pero no es un caso aislado. Ya en 2009 tenemos Mulan (Jingle Man, Wei Dong) con personajes de carne y hueso. O en el 2007 la mediocre Warlords: señores de la guerra (Tau ming chong - Ci ma, Peter Chan). Aparatosas y desorbitadas producciones que reafirman el gigantismo y la espectacularidad que quisieron mostrarnos con la celebración de la Olimpíadas -qué mejor acontecimiento internacional que éste para demostrarlo-, en Pekín el pasado 2008. Si entendemos el cine como un instrumento de control ideológico del Estado, esta serie de películas épicas que se producen desde China pueden inducirnos a pensar que la vuelta a un pasado legendario no son más que ejercicios de glorificación nacional, disfrazados bajo el inocuo producto de entretenimiento, para así, camuflar las digresiones y contradicciones que se dan en el presente. Adormecer a las masas mediante el espectáculo. Frente a este cine con grandes medios ahí tenemos el grupo de directores de la llamada Sexta generación[1]. Un cine clandestino, rodado con escaso presupuesto, apegado a la realidad y con una clara voluntad crítica. Por tanto, subrepticio y ajeno a las voluntades gubernamentales.

Realizada esta premisa y sin pecar de ingenuos, podemos disfrutar de este soberbio y vistoso producto comercial que bebe de la aceptación internacional del wuxia contemporáneo (epopeyas heroicas de artes marciales), tras el éxito de Tigre y dragón (Crouching Tiger, Hidden Dragon, Ang Lee, 2000) y continuado por Zhang Yimou con su díptico Hero (2002) y La casa de las dagas voladoras (House of Flying Daggers, 2004).

Después de años de ostracismo, nunca podremos saber si voluntario o forzado, John Woo vuelve a su continente de origen para demostrarnos lo eficiente que es como realizador de acción. Porque dentro de su género, Acantilado rojo es una película ejemplar. La historia adapta una de las novelas clásicas por antonomasia de la literatura china, El romance de los tres reinos. Nos situamos al final de la dinastía Han, año 208, época feudal. Los acontecimientos narrados son los intentos del ambicioso primer ministro Cao Cao (Fengyi Zhang) por subyugar bajo su feudo los reinos independientes del Sur: los reinos de Xu y de Wu, los cuales se unirán para hacer frente al enemigo común. La película desarrolla las diversas estrategias entre ambos contendientes, culminando en la batalla final que da título al largometraje.

A primera vista, puede sorprender que John Woo se responsabilice de una película de tales características. Artífice del heroic bloodshed, subgénero policíaco formado por grandilocuentes films de acción ambientados en un entorno criminal contemporáneo, sus personajes, a pesar de situarse en ambos lados de la ley, acabarán asemejándose más de lo que en apariencia pueda parecer. Como le comenta el policía al asesino en The killer (1989), somos iguales pero con diferentes motivaciones. En cierta manera, el tiempo de grandes gestas de Acantilado rojo parece ser ese tiempo añorado de los criminales heroicos de films como A better tomorrow (1986) o The Killer (1989). En las cult-movies hongkonesas de su carrera, John Woo trasladaba a un contexto actual y urbano los grandes motivos de las narraciones épicas. Sus personajes, a pesar de situarse fuera de la ley, se erguían como héroes que creían en valores absolutos como la lealtad, la fraternidad, el honor y la amistad.

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martes, julio 13, 2010

The Chaser

Versus Entertainment nos informa mediante una nota de prensa conforme tienen previsto el lanzamiento en dvd en venta directa, el próximo 26 de mayo, de la película coreana The chaser, en una edición de dos discos junto con contenidos adicionales. Si todavía no la han visto, corran tras ella. Y no es para menos, ya que The chaser es un brillante thriller policial, centrado en persecuciones y carreras, tal como el título de la película anuncia.

¿Cómo resolver una trama cuando el asesino es atrapado a la media hora de largometraje? The chaser tiene la respuesta. Esa es la vigencia y fuerza del cine coreano en el panorama actual, frente a fórmulas prototípicas explotadas en el cine occidental (norteamericano), en el tratamiento de los géneros. Especialmente, el que nos ocupa, es donde mejor se pueden apreciar las notables diferencias entre los dos tradicionales bloques geográficos. Si Estados Unidos recurre a los estilemas de los años 70 para revitalizar el género[1], en Corea del Sur nos demuestran, desde hace unos cuantos años, que ellos pueden aportan formas de encauzar el género bajo formas inusuales, atrevidas y originales sin tener que recurrir a perspectivas revisionistas. Y todo ello sin descuidar la construcción de personajes y tramas bien soldadas y consistentes, amén de un fabuloso ritmo bien pautado que hace que te quedes enganchado a la butaca.

Si Bong Joon-ho con Memories of Murder (2003) o la misma Running turtle (2009) de Lee Yeon-woo, que pudimos ver en el BAFF, navegan por diferentes climas genéricos para hacer pasear al espectador por varios tonos que casan y se complementan en una habilidosa recombinación (del melodrama al thriller pasando por la comedia), The Chaser mantiene intacta su adhesión al marco al que se agarra con firmeza. Esa pureza, que puede perjudicar en su contra, es salvada mediante la forma de plantear las situaciones y atreverse a colocar al espectador en encrucijadas, cuya resolución jamás sería zanjada en dichos términos desde una perspectiva hollywoodense. Así, The Chaser recurre a las convenciones sobre el diseño narrativo del género pero la conclusión de los puntos de inflexión habituales (por ejemplo, la chica raptada por el asesino nos es mostrada en montaje paralelo para que vayamos viendo sus progresos en su intento de zafarse de las cuerdas que la mantienen atada), nunca es abordada con la previsibilidad y rutina habitual. Dicha opción predecible, que no es la de The Chaser, una de dos, o demuestra poco apego a la estructura que se sigue, evidenciando una imposición comercial que no parece partir de sus principales artífices, o se demuestra una cansina y nula creatividad que acaba repercutiendo en el espectador, ya que le consideran como un sujeto dócil que asumirá con total sumisión que se vuelva a descifrar todo bajo la típica y esperada manera. Ese mal menor, que algunos alegarían, en The Chaser no tiene espacio. Y es algo digno de remarcar. Porque este largometraje nos demuestra que no todo se tiene que decir de la misma manera. No tanto lo que se cuenta sino cómo se explica. Nos alegramos que todavía se apueste por esa voluntad de querer sorprender al espectador. Aunque parezca una tarea harto imposible, Corea del Sur nos demuestra lo contrario.

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martes, julio 06, 2010

Vengeance

Los fans del film noir pueden estar de enhorabuena, porque Vengeance es un sofisticado y elegante thriller criminal que recoge la herencia cinematográfica del más refinado cine negro, el polar francés. Películas gloriosas como Ascensor para el cadalso (Ascenseur pour l'Echafaud, Louis Malle, 1957), con esa fatalidad de amor fou a ritmo de jazz denso y ensombrecido o nombres como Jean Pierre Melville, constituyen un legado que es recogido por Johnnie To y su productora Milky Way Image como muestra evidente de las fluidas comunicaciones entre Oriente y Europa. No es casual que la película sea una coproducción francesa-hongkonesa, pero esta alianza no tiene por qué condicionar criterios estilísticos. Más bien, es un caso de afinidades, ya que Vengeance es claramente continuadora de los mismos estilemas ya desplegados por Johnnie To en películas como Exiled (2006). Al igual que varios destacados directores orientales como Tsai Ming Liang, el cine de Johnnie To parte de la modernidad francesa como útero fílmico desde el cual despliega su gramática visual.

Porque este film noir, solemne y existencial a la vez que manierista y estiloso, no esconde sus referentes. Al contrario, los exhibe de forma ceremoniosa y con ellos constituye, desde el respeto, una reconstrucción que aúna espectacularidad y autoría, creando así un proceder específico en su loable intento de renovar el género criminal. El sustrato occidental que dialoga con raíces orientales son los materiales que hacen ubicar rápidamente el film en el terreno de la mitificación. Ese halo es amplificado en las secuencias de acción. Constituidas como set-pieces, casi niegan la acción en su dilatación coreográfica y esteticista. La escena del tiroteo en el parque nocturno, pausado por los movimientos de las nubes que van despejando o tapando la luna, y con ella se va abriendo paso más o menos luz, adquiere un aspecto onírico en sus ralentizaciones exacerbadas que glorifican la contienda. Se llega al terreno de la sublimación por la vía de la estética. En clara consonancia al código ético de lealtad y grandeza del bushido japonés. Como si estuviésemos ante samuráis, Kwai, Chu y Fat Lok, por un azar que juega las cartas del fatum trágico, acompañarán a Frank Costello en una ruta suicida. Y será en ese gesto de entrega donde encontrarán su propia magnanimidad.

De esta manera, el trascendentalismo de Oriente dialoga con Occidente mediante la metafísica del polar en su concepción distanciada. Por lo que El silencio del hombre (Le Samouraï, Jean Pierre Melville, 1967) actúa como patrón totémico, especialmente en su primera mitad.[1]

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viernes, junio 18, 2010

Matrix

Matrix es una paradoja. Crítica a un mundo hipertecnificado que hace uso de la tecnología como principal reclamo comercial. El mundo real no es más que una construcción de códigos binarios. Y el hombre encerrado en la caverna de Platón esperando algún día salir de la oscuridad. Buscando al mesías para que renazcan las esperanzas utópicas revolucionarias. Miedo me dan estos discursos pretendidamente insurrectos en torno a la figura del salvador. Aunque claro, con la cara y físico de Keanu Reeves, no hay motivo para desconfiar. Seguimos en la contradicción. Un presunto discurso contestatario que tiene mucho de perversa raíz totalizadora. Pero todo en clave de ciencia-ficción high-concept, para que sea algo inocuo. Una imagen ambigua y peligrosa en su discordancia: Neo (Keanu Reeves) y Trinity (Carrie Anne-Moss) en busca de Morfeo (Lawrence Fishburne). Entran al edificio cargados de armas hasta los dientes. Pasa Neo por el detector de metales. Suena. El policía le pide que muestre si lleva algo con metal. Neo se abre la gabardina y vemos el arsenal que lleva consigo. Empieza la fiesta. ¿Apología del terrorista? o tan solo ¿el héroe de ficción que nos muestra la acción? Nada, tan solo es una película.

Diez años después, ¿cuánto hay de estímulo en aquellos efectos especiales que Matrix trajo consigo, masacrados por la propia industria, y que no dudó en alzarlo como signo y seña del cine de consumo actual? Recordemos las tres unidades básicas de toda ficción: tiempo, lugar y acción. Se rompen las leyes físicas y lógicas, se ralentiza o se dilata el tiempo según se antoje y la acción se hace más líquida que nunca aunque ello se condimente con un poco de artes marciales que den apariencia física a una actividad puramente virtual.

Y antes de que entremos en la sociedad distópica de Matrix un aviso, querido lector. No me detendré en descodificar todas las (múltiples) referencias católicas, mitológicas, filosóficas y paracientíficas de un film que busca cierta legitimidad cultural a base de alusiones constantes. Aunque los directores pretendan darle con ello una cierta consistencia y dignificar el producto (ya saben, Matrix es algo más que una película de acción), el abuso indiscriminado provoca una trivialización que curiosamente anula el efecto buscado.

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