
A ese interrogante nos adentra Sokurov. Y en ese misterio debemos quedarnos subyugados[1]. A través de formas capaces de evocar sensaciones mediante la abstracción del tiempo y el espacio. En esa indeterminación de las dimensiones que rigen la condición humana, la mirada detallista del físico no lo objetiva. Sino que abre la puerta a la emoción más extrema. Y con ella, el cuerpo se subjetiva en toda su plenitud para así expresar las pulsiones y latencias más profundas del ser. La secuencia de abertura, tremendamente provocadora, en cuanto nos introduce en el largometraje, es un claro ejemplo de lo mencionado. En ella vemos dos torsos desnudos presumiblemente uno encima del otro. El detalle se centra en unos brazos masculinos que tratan de retener los del segundo y donde oímos una respiración entrecortada. Unas exhalaciones que bien podrían parecer un aliento sexual. Pero lo que escuchamos no parece encajarnos del todo con lo que vemos. Esta fruición da paso a un primerísimo plano de una boca que se abre, emitiendo un profundo gemido. Todo parece indicar que son dos cuerpos que retozan en el acto sexual y uno de ellos alcanza el orgasmo. Para a continuación, dejarnos ver, como uno de los hombres semidesnudo mantiene en su regazo al más joven. Padre e hijo en una comunión absoluta y todo ello expresado mediante la parcelación del físico.
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2 comentarios:
Creo que con Madre e Hijo batí mi record de permanencia en el cine. Me levanté a los cinco minutos, ¿debería darle una segunda oportunidad?
Jajaja, no sé si a Madre e hijo pero a ésta yo creo que te puedes quedar fascinado con la hipnótica plástica que despliega Sokurov. A veces tenemos la mala fortuna de tropezar con un "peñón" pero espero que si puedes ver ésta no se confirmen tus terores y lo marques en la lista de directores "a los que hay que evitar".
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